miércoles, 2 de septiembre de 2020

Madrugada.


Tú hechizo en mis ojos
fue un eclipse 
que encegueció la luz
una llama que derramo:
fuego, braza, carbón, 
ceniza y hollín.

Tu calor que se extinguió  
de la nada en la maraña
en el tiempo y la distancia
sin un adiós. 

Y en la calle: 
el peatón, la acera, el camino
la pradera, el manto de niebla 
en la montaña 
el abrigo de la yerba 
en el ropaje del frío  
en la piel canela.
  
En el dulce calor de los primeros rayos  
de una mañana inquieta  
la ansiedad y el fuego 
el sentir la sed de una promesa.

¿Por donde discurrió mi calma?
en una cama vacía
en un rincón de silencios merecidos
donde se tortura mustia las angustias y las penas.

En el rincón del olvido
el tiempo, la memoria y el sonido
la tenue primavera 
entre el olvido, un minuto  
un segundo y mil estrellas. 
 
En la espada de Damocles 
una promesa
el tiempo para los vivos 
tan símil y prófugo 
como el ropaje en la ausencia 
que naturalmente concentra 
el delirio y no la prudencia
el vació y el frío que me dejas.

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