
fue un eclipse
que encegueció la luz,
una llama que derramo:
fuego, braza, carbón, ceniza, hollín,
calor que se extinguió
una llama que derramo:
fuego, braza, carbón, ceniza, hollín,
calor que se extinguió
de la nada en la maraña
en el tiempo y la distancia.
Y en la calle:
el peatón, la acera, el camino
la pradera, el manto de niebla en la montaña,
el abrigo en la yerba mojada,
el ropaje del frío, en la piel erizada,
el ropaje del frío, en la piel erizada,
el dulce calor de los primeros rayos del sol
en una mañana inesperada,
la ansiedad y el fuego,
el sentir la sed de una promesa equivocada.
¿Por donde discurrió mi calma?
en una cama vacía, en un rincón de silencios suicidas,
donde se tortura mustia las angustias,
el silencio, el rincón del olvido,
el silencio, el tiempo, la memoria, el sonido,
la tenue primavera encerrada,
entre el olvido y el silencio, un minuto, un segundo,
un eterno y fugitivo deseo
por una caricia que no alcanza.
La espada de Damocles
es una promesa de olvido,
el fin del tiempo para los vivos,
tan símil y prófugo como el dolor
que llevo dentro,
que llevo dentro,
como el ropaje en la madrugada
que naturalmente concentra la esencia del infinito,
el vació y el frío.
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