lunes, 8 de junio de 2020

Dulce beso



Siempre había sido un necio, 
un amante de los abismos,
un poema en una hoguera, 
como luciérnagas suicidas, 
quemando sus últimos latidos, 
en un calor que nunca quema del todo, 
los versos que hoy escribo.
 
Las alas de estas palabras 
y sus deseos desconocidos, 
son de un amor intimo e infinito, 
que por cada página de este libro,
reviven en las mañanas 
y beben en las tardes brandy 
porque ya murieron, se han perdido. 

Siempre había sido un necio, 
un amante de los abismos,
prosa de la ausencia, 
que se manifiesta: 
como el brillo de las estrellas,
cuando llenan la noche y nace el infinito,
en un pensamiento, 
mucho más que efímero.   

La humedad puede ser espesa, 
y su mirada describir a los gemidos,
ella toca el alma de quien la contempla 
amándola bajo un silencio vespertino, 
un suspiro en los cuerpos, 
delicadas notas de un elipsis,
de una deseo por todos conocido.
  
Tenuemente tocó su espalda
recorriendo con sus dedos, 
delicadas notas,
esgrimiendo espasmos
llevaba el roció de una llama, 
colorida, tenue que mancha 
y enrojece sus mejillas,
sus labios toman forma, 
en un devenir que excita e invoca 
un jadeo por perderse,  
en el dulce beso del abismo.  
 
Su beso rozo su cuello,
húmedo, tibio, delicado, 
sus brazos rodearon su cintura,
sus dedos bajaron entre su pantalón  
sintió su calor, 
el fuego de su cuerpo se encendido, 
mientras apretaba sus piernas 
y su espalda se reclinaba con un deseo,
hasta ahora desconocido, 
la despojo del peso de su ropa 
del pudor de aquel encuentro sin sentido,  
hicieron el amor, más de tres veces esa noche, 
vieron desnudos la llegada de la aura,
mientras el frió que sirvió de espectador,  
se perdió entre las cenizas de un poema,
entre el fuego que calentó el café 
de una mañana de domingo.  

                                                                -EB.
 

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